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Fecha: Viernes, 24 Agosto 2007 « Anterior | Siguiente » en Sado

Devoción

Anonimo
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Pagina 1 de 1
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Historia en donde una heroina devota de su amante aprende a ser esclava, ama y... mística del sado.

I

Amo. Nada más. Sólo así podría llamarlo Lelia de ahora en adelante. Sin artículos o adjetivos, un sustantivo genérico, único, una palabra: Amo. Aspiró el perfume de maderas que desprendía la tarjeta en que estaba escrita la orden, acarició el sobre lacrado que sólo ella podía romper, especialmente enviado para ella, que siempre contenía un orden de El. Cómo los latidos de su corazón golpeaban su pecho cuando descubría en su correo esos sobres lacrados, rotulados con su nombre.

Hoy , que se cumplía una año de conocerlo, rememoró cómo durante esos 365 días, con sabia paciencia, El la había educado para ser su esclava. Primero fueron leves indicios: Recién se conocieron descubrió con sorpresa que, en la primera noche, las grandes manos de El la tomaban de una manera tan natural de las caderas que era como si le hubiera pertenecido desde siempre, encajando sus dedos de sus nalgas al pubis con un suave apremio, al que ella respondió mojando completamente sus pantaletas. Cuando a su debido tiempo El metió la mano bajo la falda y encontró la jugosa humedad la miró con una mirada que se le clavó con un estremecimiento, una mirada definitiva, indeleble, como la marca al fuego en la piel.

Con el paso de los encuentros, hacer el amor fue perder toda noción, todo dominio de sí misma. Avergonzada , Lelia confesaba a su amante que había tenido un orgasmo al escuchar su voz al teléfono, al besarla El en la penumbra del cine, al tomarla de la cintura. Después de que El se iba, dejándola agotada, bastaba recordar los embates de su verga para volver a sentir oleadas de deseo y con ambas manos se masturbaba hasta quedar jadeante. Para colmo de males, él la convenció de depilarse el sexo. Un noche finalmente le susurró que su manera de amarla la había convertido en toda una puta, una animalita viciosa de corridas. Fue cuando El le dijo: ?Puesto que no sabes dominarte yo lo haré. ?Y sabes por qué no sabes dominarte? Porque conmigo has conocido tu fuerza, y esa fuerza es la de la yegua que es azotada, espoleada, y sólo así sabes hasta dónde eres capaz de llegar. Ahora sabes que necesitas un amo.

Aunque Lelia creyó que Él hablaba de manera poética, su cuerpo supo entender; sólo las manos y la voz de El eran ahora capaces de guiarlo. Así como saboreaba cada orgasmo un nuevo placer apareció: el placer de las restricciones. Una semana le prohibía masturbarse, otra le prohibía tener orgasmos mientras hacían el amor, todo para esperar ese mágico momento en que El le decía al oído: ?Puedes hacerlo?, ??Cómo va tu educación?? Entonces los orgasmos venían, con un poder que nunca había experimentado, como un dique que se abría dando paso a furiosas aguas largamente exasperadas en su poder latente. Pronto se encontró a los pies de su amante suplicando permiso, recibiendo sonoras nalgadas por desobedecer, condenada a no llevar ropa interior bajo el vestido ligero en una salida de toda la tarde. Ahora él también le escogía la ropa interior, invariablemente sexy, en colores rojo y negro.

El paso de las restricciones de la mente a las físicas fue natural. Una noche él la invitó a su estudio, que hacía tiempo le había sido vedado. Ahora había una columna de piedra a un lado de la chimenea, y del otro lado una butaca de cuero. Lelia rodeó la columna y descubrió siete argollas de hierro empotradas en la piedra. El corazón le dio un vuelco; había leído ya Historia de O, y secretamente esperaba que El un día la llevara a un Roissy. Y ese día había llegado, contó dos argollas para las cadenas de las muñecas, una para el cuello, otra para la cintura, dos para los tobillos... ?y la séptima? Su entrepierna se mojó: la séptima argolla estaba a la altura del sexo.

Quiso preguntar, pero El se lo impidió. En cambio la acostó sobre la gran mesa de trabajo que sostenían tres caballetes, y le hizo extender los brazos por encima de su cabeza, demostrándole que tenía las dimensiones exactas para albergarla. Luego quitó los caballetes de los extremos de la mesa, y le mostró que eran recubiertos de cuero acolchonado en la barra central, con varias argollas en ambos lados. Y que la mesa pivotaba sobre el caballete central, y tenía también argollas en los extremos.

?Y ahora ven a ver el ajuar que usaremos cada vez que me visites?, le dijo, invitándola a ver el contenido de un gran armario de maderas de ébano. Dentro, miró fascinada la impecable colección en donde, a la derecha, se acomodaban látigos, fuetes, fustas, mordazas, dildos y vibradores, cadenas de diversos grosores, pinzas, ruedecillas con púas y candados de 5 tamaños diversos. A la izquierda, en cambio, una minifalda de piel negra, otra minifalda de satín negro, corsés de satín rojo y negro, de cuero negro, prendas de látex, arneses de tiras de piel brillante, botas largas de charol, cinturones de castidad de cuero y acero inoxidable, anchos cinturones con anillas, grilletes de cuero y metal para muñecas y tobillos, anchos collares de cuero y acero, barras de acero con argollas en los extremos, todo reluciente y pulido, y en dos pequeños ganchos, a un lado, dos minifaldas idénticas a la de satín negro que ya había visto pero con los bordes inferiores desgarrados, una nueva y brillante, la otra sucia, polvorienta y con manchas blanquecinas que opacaban su brillo. El adivinó la mirada de sorpresa de Lelia y las señaló, respondiendo a la pregunta no pronunciada: ?La prenda más humilde, el último jirón de tela de la esclava en doma, que guarda el sudor de sus muslos tensos ante el castigo, que enjuga el licor de su sexo excitado al límite al saberse totalmente perteneciente a su amo, que guarda la sangre de las heridas que el látigo ha abierto en sus carnes desafiantes, que enjuga el semen hirviente de su amo quien se ha apiadado de su dolor y su resistencia, de su naciente devoción y la obsequia con una impetuosa penetración, un potente orgasmo que es un eucaristía con su Dios y su Señor, porque ese semen la purifica de su lascivia, la libera de la culpa de sentir placer en medio de sus torturas, premia su búsqueda heroica del placer final que se alcanza en ese lugar en donde el placer y el dolor son uno. Aprende a temer esta humilde prenda, con ella conocerás tus límites. Aprende también a desearla, porque usándola aprenderás.? Y tomó la mano de ella y la colocó sobre la minifalda nueva. Pero la sucia atraía la mirada de Lelia.

?Pero tienes otra, esa, y que ya fue usada. ?Puedo saber quién estuvo aquí antes que yo, qué fue de ella? se atrevió a pedir Lelia. El cerró las puertas del armario de un golpe. ?Silencio, caricatura de esclava. ?Quién te dio el derecho a exigirme cuentas, fidelidad? Cuando lo merezcas, y sobre todo puedas entenderlo, si me da la gana recordaré responderte. Por ahora te diré, si te hace feliz, que existe una tradición oculta de maestros en el arte del dominio y la sumisión, y cada mentor sólo toma un discípulo por vez.? Y la llevó ante un pequeño altar en donde había un candelabro de tres brazos y sobre él el busto de bronce de un faraón de rostro andrógino con una enigmática sonrisa, los brazos cruzados, en la mano izquierda un látigo, en la derecha una rosa. Encendió las velas, las de los extremos rojas y la central negra. ?Y ahora te pregunto: ?estás dispuesta a ingresar al verdadero arte de saberte entregar en cuerpo y alma a tu amante, en la luz y la oscuridad, sabiendo que este camino te llevará al límite de tus capacidades de soportar la privación, la carencia, el dolor? Si aceptas lo haces por tu propia voluntad. Si te niegas podremos seguir siendo amantes, aunque ocasionales, y nunca más visitarás mi casa. Si aceptas y llegas a un límite que no puedes franquear se te ofrecerán tres alternativas, una para enfrentarlo y dos para retirarte. ?

Lelia estaba enamorada, y sin dudarlo aceptó, sintiendo un alma guerrera desconocida, el cuero y el hierro que le había enseñado su amante sería su destino le hacía sentirse una gladiadora desafiante. En unos pocos días comprobó cuán cierta era su percepción: esa noche fue llevada a un gabinete de piercing, en donde para sellar el pacto aceptado su novio le impuso una argolla en cada pezón, dos en cada labio externo y una en el clítoris. Fue su primer contacto con el dolor intenso, sabiamente dosificado por el maestro perforador y por su amante, quienes disponían los momentos para aplicar las agujas, las gasas y las argollas. Cuando no le fue posible resistir más, faltando tres argollas en el sexo, su amante le dio una pastilla y luego le colocó unos grilletes en los tobillos, fijándolos a los extremos de la mesa de operaciones; luego comenzó a besarla en la boca, mientras las perforaciones continuaban, y poco a poco las manipulaciones hechas en su sexo se transformaron en intensas sensaciones que no podía distinguir de la continuada serie de orgasmos que le sobrevinieron, hasta quedar profundamente exhausta. Ya anillada, fue llevada al auto, en donde durmió para despertar al día siguiente en su cama, al lado una hoja de recomendaciones de asepsia para cuidar las perforaciones.

II

Y hoy, precisamente a una año del primer encuentro, a cuatro meses del pacto, su carne perforada ya sana, había recibido dos cartas de su amado: antes de la orden de llamarlo Amo había habido otra carta, en la mañana, en la que se le imponían dos órdenes: una, ir al trabajo de cierta manera, estrenando las argollas que hasta ese día había aprendido a llevar como parte metálica de su cuerpo pero ociosas, y la segunda, por sobre todas las cosas no masturbarse. Desnuda y siguiendo el diagrama y con ayuda de los artículos incluidos en el sobre, se colocó una cadenita que unió los aros de ambos pezones, luego el cinturón de cuero con cerradura de la que no tenía la llave, que ciñó su vientre resaltando sus caderas. Enganchó la cadenilla que terminaba con una pinza de liguero a las tres argollas de su labio izquierdo, hizo lo propio con la otra cadenilla y las argollas de su labio derecho, fijó las largas cadenillas con pinzas al cinturón sobre sus nalgas y se puso las medias, fijándolas a las cuatro pinzas. Luego, colgó de la argolla del clítoris la pequeña e increíblemente pesada campanilla de plata. Se puso la falda larga, la blusa, las botas altas y se sintió a sí misma, los labios de su sexo bien abiertos y tirantes, la campanilla tintineante colgando de su clítoris como africana anunciando su disponibilidad.

Todo el día había estado así, el sexo bien abierto, bien tirante, el talle contenido por el cinturón que la aprisionaba, acomodándose discretamente la cadena en sus senos, había regresado por fin a su departamento y había encontrado la carta en donde se le conminaba a olvidar el nombre de su amante para cambiarlo al de Amo. ?Tendría algo que ver con el hecho de que El le hubiera hecho pedir una semana de vacaciones, que hoy fuera viernes y que tuviera por delante toda una semana? Desde el día en el que le había mostrado el ajuar de su departamento no había sido invitada de nuevo, y eso la tenía intranquila. ?Cuándo llegaría El para liberarla de ese cinturón que le cortaba la respiración, para permitirle cerrar su sexo, dispuesto todo el día para quien pudiera haber adivinado bajo la tela de su falda chanel su condición de esclava?

La tarde oscurecía. La tensión en su sexo era insoportable, y se preguntaba cómo sería masturbarse con los labios de la vagina y los pezones encadenados, y su clítoris anunciando con sonoros tinitineos sus orgasmos. La idea la excitó aún más, se levantó del sofá en donde había estado desde que había llegado y alcanzó febrilmente la puerta de la recámara. Se tiró en la cama y levantó la falda con ambas manos, las manos entre los muslos, los muslos frotándose entre sí, la campanilla tintineando, ella gimiendo entre los tirones de las cadenitas y sus dedos anhelantes.

El orgasmo la estremecía cuando escuchó abrirse la puerta del closet. La voz la estremeció: ?Así que esa es tu obediencia, puta.? ??A-a-amo!? balbuceó, recordando de pronto la llave que ella le había dado y que él nunca había utilizado. Hasta ahora. Su Amo habló: ?Esperaba iniciar tu enseñanza en el estudio, pero veo que será desde abajo, como con todas las indisciplinadas. Y después de marcar el teléfono móvil dijo al aparato: ?A mi casa?.

Lelia intentó arrojarse a los pies de su Amo, pero éste la tomó de los brazos y la arrojó de nuevo a la cama, sacó una navaja de bolsillo y en un instante la desnudó, dejándola sólo con las medias, el cinturón y las cadenillas. Sacó del abrigo unas esposas y con ellas inmovilizó las manos de Lelia a la espalda; luego abrió sus piernas y quitó las cadenillas que pendían de su sexo, las medias y la liberó del cinturón. Fue al closet y trajo un maletín de cuero negro de donde extrajo dos candados, abrió las cuatro anillas de los labios y en la suave y húmeda piel introdujo los eslabones de ambos candados y los cerró. Quitó la campanilla de plata del clítoris y la sustituyó por una argolla y una cadena que tenía en el extremo una pesada bola de hierro del tamaño de una bola de ping pong. Al sentir el gran peso castigando su sexo, la esclava desnuda se debatió flexionando las piernas, pero el Amo tomó otro par de esposas y trabó sus tobillos. ?Buenas noches, pequeña estúpida? le dijo antes de aplicarle una gasa impregnada de éter en la nariz.

III

Lelia se siente recostada en una dura cama vertical, oprimida firmemente en el cuello, los brazos, la cintura, los pezones, los tobillos. El calor la despierta, suda. En la pared de enfrente descubre en un ángulo el radiador que hace la temperatura bochornosa, y frente a ella un gran espejo de piso a techo le ofrece una inolvidable imagen de sí misma. Una hermosa mujer encadenada a un muro, la piel brillante por el sudor, desnuda a excepción de... la minifalda de satín desgarrada de los bordes. Se sorprende. Tiene puesta la miníscula prenda sujeta a su cintura por un ancho cinturón de acero inoxidable negro tachonado, forrado seguramente en los bordes pues no siente el filo del metal, aunque sí su frío que le oprime el vientre, aún más duramente que el cinturón de la mañana. De pronto se encuentra admirándose, su blanco cuerpo de hermosa mujer de 25 años esmaltado por el sudor, colgando de sus finos brazos echados hacia adelante, sus manos juntas sobresaliendo de los brillantes grilletes de las muñecas unidos a cromadas cadenas que cuelgan de una larga ménsula de hierro empotrada en la pared de grandes ladrillos, como los de un calabozo de castillo. Sus largos cabellos negros desordenados, húmedos, ensortijados, ocultando la mitad de su rostro, sus grandes ojos verdes bien abiertos, viéndolo todo; mira sus magníficos senos y se sorprende al ver sus pezones circundados por discos de metal, éstos sostenidos por las argollas de piercing unidas a su vez por sendas cadenas que terminan en una gran anilla que pende del grueso collar de hierro que aprisiona su cuello. Una cadena corta, de unos cinco centímetros de largo, une el collar a una anilla en el muro, y otra cadena corta une su cinturón a otra argolla en el muro. Mira hipnotizada sus largos muslos sobresaliendo de la brillante tela de la minifalda hecha jirones, el largo de la tela es exacto para cubrir su sexo pero deja ver los candados que aherrojan su sexo, y la cadena que pende del anillo del clítoris. La pesada bola de hierro descansa precariamente en un ladrillo que sobresale de la pared, entre sus piernas. Recorre extasiada sus piernas abiertas en compás, retadoras, sus delineadas pantorrillas que terminan en los anchos grilletes de acero tachonado que aprisionan sus tobillos. Las gruesas cadenas apenas permiten que las puntas de sus pies toquen el piso. Cae en la cuenta de que se ve a sí misma como la vería su Amo, su desafiante belleza esclava y a la vez tan libre, apenas contenida por sus cadenas, apenas cubierta por la minifalda. Desea domar a latigazos el poder de esa belleza, arrancar con el golpe de la fusta la brillante tela negra que cubre ese sexo del que ya escurren gotas de pasión hirviente, y que siente resbalar por el interior de sus muslos: entiende ahora por qué sucumbieron los ángeles que miraron a las hijas de los hombres. Por qué se demora su Amo, por qué no ve lo que ella ve, el poder hechicero de esa visión le nubla la mente, quiere ver más, se aferra a sus cadenas para girar el cuerpo y ver la grupa de esa esclava que es ella misma, la lesbiana dormida que habita cada cuerpo de mujer ha despertado, el febril cuerpo encadenado triunfa y puede verse en escorzo, las prominentes caderas brillantes por el sudor y el satín, la exasperan esos jirones de tela negra que cubren sus nalgas apretadas, que terminan precisamente en donde empieza su sexo ?el sexo de esa esclava desafiante. Sube y baja rápidamente el cuerpo, tanto como lo permiten las cadenas, obsesionada por ver sus labios penetrados por el acero de los candados, siente el principio de un orgasmo que la inunda, pero que no llega, se debate en sus cadenas tratando de frotar sus muslos, es imposible, las cadenas chirrian y tintinean. De pronto siente un cruel tirón en su clítoris, grita, la bola de hierro ha resbalado y se balancea, jalando su orgasmo atorado hacia la anilla que atraviesa su más tierna carne. Continúa gritando, pero ahora son palabras articuladas, una súplica: ?AMO, AMO, VEN, CASTIGAME, TE LO SUPLICO, TEN PIEDAD, CASTIGAME, POR PIEDAD?

Entre lágrimas ve una sombra frente a ella, en la mano un negro látigo. Es El. Amo. Amo que significa Dueño, Amo del verbo Amar.

El primer latigazo es un chispazo de fuego que cruza sus senos. El segundo duele y la hace gritar de verdad. Luego el tercero, el cuarto, el quinto; son precisos, imprevisibles; vientre, seno izquierdo, cadera, seno derecho. Su cuerpo es un campo de batalla, de una parte miedo, dolor, súplicas de detener el castigo, de la otra parte una nueva ramificación del orgasmo bloqueado crece en cada región que el látigo toca, y el grito es súplica por más, quiere quedar cubierta de azotes hasta que el placer atrancado rompa las cadenas que lo contienen.

Los latigazos cesan, sus ojos arden con la mezcla de sudor y lágrimas y entre los cabellos que se pegan a su cara ve que su Amo la libera de la pared, queda colgando de los brazos. Amo asegura los grilletes de sus tobillos a los extremos de una larga barra de hierro que separa sus piernas al máximo y de modo doloroso. Pierde el piso y queda suspendida de sus cadenas, crispa los dedos en torno a ellas, una tela negra cubre sus ojos, siente las manos enguantadas de Amo darle impulso y hacerla girar. Los azotes alcanzan ahora su cuerpo entero, las nalgas, el sexo, los muslos, la espalda, el clítoris. Sus gritos se redoblan, su cuerpo es una masa convulsa a punto de estallar, un gran orgasmo sometido en lava, apenas se da cuenta de que dos manos enguantadas la descuelgan, mientras otras dos quitan la barra de sus tobillos sustituyéndola por una cadena corta. Las manos enguantadas la inclinan hacia delante, levantan sus brazos encadenándolos por arriba de su espalda, de nuevo a la ménsula, la venda ha sido retirada de sus ojos por otras manos, abre los ojos; está encadenada por el collar a la cadena de los tobillos, ofrendando la grupa a su verdugo. Siente cómo las manos enguantadas, -las de Amo- levantan la falda y retiran los candados de sus labios. Una verga dura y gruesa como un tronco ?una verga que ama- la empala, imperiosa, mientras jalan su cabeza por los cabellos, obligándola a levantar la vista. Está frente al espejo, abierta y domada, Amo detrás suyo, cabalgándola triunfante, ella espoleada, cubierta de sudor y estrías rojas, también triunfante, abandonándose por fin al terrible y descomunal orgasmo largamente contenido que la hace aullar sujetándose de sus cadenas. El semen de su Señor se derrama al mismo tiempo en su interior como una antorcha de fuego líquido, la inunda, y los azotes vuelven en sus nalgas y su sexo, vuelve a inundarla una urgencia de orgasmos, pero esta vez se sabe abierta, libre en sus cadenas, y al cuarto latigazo se viene, y una furibunda verga la atraviesa de nuevo, marcándola por dentro con la irreversibilidad de un hierro al rojo. Los orgasmos se suceden sin control, la verga la inunda y vuelve a inundarla, siente el semen correr por el interior de sus muslos, se siente perra, sucia y feliz, pierde la noción del tiempo hasta que se descubre libre de cadenas en brazos y cuello, abrazada al torso de su dueño, quien la besa en la boca. ??Quién eres??pregunta El. Ella lo mira, apartándose los cabellos de la cara. Mira a su derredor y descubre a quien pertenecen las otras manos. Hay una mujer pelirroja, enfundada en un apretado miniuniforme de látex de doncella francesa, erguida en un extremo del calabozo, los ojos y la cabeza bajos, collar, grilletes en tobillos y muñecas, altos zapatos de tacón de aguja. Lelia sonríe, mira la falda corta de olanes que cubre justo el sexo, del que pende una cadena. Sus ojos fulguran cuando mete las manos debajo de la minifalda húmeda de semen, sudor y sangre, saca las manos, empapadas de líquidos de hombre y de mujer y frota sus senos, sus caderas, su cara. ?Soy esto. En lo que me estás convirtiendo.? Responde con un orgullo nunca sentido. Mira en el espejo el reflejo de la doncella francesa, sus largos muslos que claman por el látigo, y baja los ojos, musitando: ?Y te suplico Amo, que no tengas piedad de mí, que me eduques con tanta perfección hasta que mi nombre sea sólo Esclava. Sin artículos ni adjetivos. Prometo esforzarme para merecer que mi nombre se una al tuyo como el eslabón al eslabón así: Amo y Esclava. Y si en verdad soy digna de ti, ruego por que puedas concederme un único regalo. ??Cuál? dijo Amo. ?Ella? dice Lelia. Y Amo sonríe pensativo, la mira y mece sus cabellos. Hay un regalo que sólo se encuentra muy rara vez. Afortunado aquel que lo encuentra, porque es bendecido. ??Cuál?? susurra Lelia. ?La esclava perfecta, aquella que perteneciendo totalmente a su amo sabe ser ama también. Ya se verá. Mientras tanto, aprende en el lugar del dolor.?

Amo reduce la temperatura del calefactor hasta un nivel templado. Hecho esto, encadena nuevamente a su esclava al muro por el collar, el cinturón y los tobillos, las muñecas a la ménsula, tal como en un principio, y le coloca los dos candados que infibulan su sexo. Hecho esto, hace una señal y la mucama le ofrece un azote de varias tiras de cuero. Lelia nota por los cortos pasos de la doncella que está encadenada por los tobillos. ?Mis buenas noches, esclava? dice Amo, y la azota hasta que grita de nuevo, retorciendo su semidesnudo cuerpo encadenado. Luego Amo, frente a las lágrimas de Lelia, sube a un taburete, baja una larga cadena y engancha la barra de hierro. Fija los tobillos de la doncella a los extremos, las muñecas al centro, y con una polea la suspende a un metro sobre el suelo. La falda de brillante látex deja al descubierto el sexo depilado de la pelirroja, también atravesado por una argolla candado. Es posible ver que la mujer usa un grueso gancho cromado encajado en el ano, fijado a una cadena que sube por su espalda hasta el collar. Engancha el collar a una cadena, y ésta a la argolla que somete su sexo, lo que hace que la mujer gima, atrapada entre la presión sobre su sexo y su ano. Una mordaza de cuero con una bola que se introduce en su boca ahoga los gemidos, y Amo toma un fino látigo trenzado. Azota en el sexo y las nalgas a su otra esclava hasta que obtiene un sexo brillante, enrojecido, mojado, y luego la posee hasta tres veces, mirando descaradamente a Lelia, que se muerde los labios hasta hacerse sangre al ver cómo la doncella arquea el cuerpo dominada por sus orgasmos. Amo descuelga a la sirvienta, le quita la mordaza y la encadena por los tobillos, ésta camina con sus pasos cortos y abre una puerta disimulada en la pared. Ambos salen y la puerta se cierra.

Presa de los celos, Lelia quiere morir, tiene la boca seca, amarga. La luz mortecina de un cirio en una cavidad del muro le devuelve en el espejo la fantasmal silueta de su cautiverio. ?Vale la pena? Si es una prueba de su deseo de someterse a su amante, es un tour de force sumamente difícil. Pero la consuela un detalle: en ningún momento Amo ha demostrado un gesto de cariño para la pelirroja. Puede luchar por su amor y luchará, es una gladiadora. Se mira de nuevo, la minifalda brillante ya velada y sucia como la otra que está en el armario, la de la otra, la de la pelirroja. La semipenumbra y el silencio la vencen y el sueño llega. Su cuerpo sometido y adolorido de yegua en doma sólo se estremece de vez en cuando, haciendo tintinear las cadenas.

IV

La luz que brotaba de una minúscula claraboya enrejada le hizo saber que ya era de día. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y resonaron unos tacones en las baldosas; entró la mucama, ahora con las muñecas a la espalda y una cadena que unía sus muñecas a la cintura y luego se bifurcaba hacia cada uno de los grilletes de los tobillos, desnuda de la cintura arriba, con una bandeja asegurada a la cintura y sostenida por cadenas fijadas a argollas en sus pezones. En la bandeja había leche y fruta. Llegó frente a la prisionera y se arrodilló, silenciosa excepto pos sus tacones, la vista baja.

Amo llegó minutos después, y liberó a su pupila. Lelia comió, mientras Amo le revelaba las reglas de su condición, no muy diferentes de las de Roissy: No hablar con la mucama, no mirar a los ojos, no tomar la iniciativa para charlar, a menos que se le requiriera. Estaría en el calabozo el tiempo justo para comenzar su preparación, y luego estaría sujeta a reglas que debería respetar en todo lugar y tiempo. Aunque el sexo y el amor eran sus lazos, pasaría tiempos de privación de ambos, y no debería protestar por ninguna situación por la que pasara, le gustara o no. Primordialmente era esclava sexual, la más intensa forma de esclavitud, ya que implicaba que su cuerpo no le pertenecía y sería tratada como una hembra a medio camino entre lo humano y lo animal. Este hecho pondría de manifiesto si perdería su espíritu o por el contrario, lo acrecentaría. El más elevado grado de esclavitud era aquel en el cual la esclava encontraba en su condición una forma espiritual, y esto que sonaba extraño más adelante podría comprenderlo, si no sucumbía primero a la animalidad propia de los seres inferiores, ya que el placer también debería ascender de la burda materialidad hasta abarcar la esencia de la mente. Luego la encadenó de nuevo, esta vez de cara a la pared, y procedió a azotarla. Y para mayor suplicio de Lelia, no la violó. Ni azotó a la mucama, parecía tener prisa. Pero antes de irse tuvo a bien llevarla a un baño contiguo, muñecas encadenadas al collar y tobillos con cadena corta que la obligaron a dar pasitos como los de la mucama; así ella pudo liberar el vientre. Solo eso, ya que cuando miró con desesperación la amplia tina y las perfumadas toallas Amo tiró de la cadena de su collar y la volvió al calabozo, esta vez encadenándola al muro de las argollas bajas, con lo cual la esclava pudo descansar al fin en el en el piso, frío, que enfriaba sus nalgas, sus cadenas, sus heridas. Como si Amo adivinara sus sensaciones, regresó. En la mano llevaba un balde con agua de vinagre, que arrojó sobre la encadenada. Lelia gritó y se retorció forzando sus grilletes, el dolor del vinagre en sus heridas era insoportable, un agudo crescendo de dolor y aullidos que terminó por hacerla caer al suelo, inconsciente. Amo la contempló, largo rato, y cerró la puerta del calabozo, que no hizo ruido.



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